Presentación de las Mathinées lacaniennes

Desde hace ya diez años las Mathinées lacaniennes reciben en el local de l’ALI, 25 rue de Lille en París, a los colegas analistas y en formación interesados en las matemáticas y en la topología de Lacan. El encuentro tiene lugar un sábado a la mañana por mes.

Continuando con la transmisión de la enseñanza de Jacques Lacan, proponemos conferencias con presentaciones de textos, debates teóricos y talleres prácticos.

A lo largo de estos años hemos constatado el interés suscitado por el trabajo en común

en torno a cuestiones a menudo complejas y difíciles que merecen debate e intercambios en el marco de lo que Lacan llama la transferencia de trabajo.

  • Testimonian de este recorrido:
  • este sitio web "https://www.mathinees-lacaniennes.net/" regularmente actualizadola publicación en 2013 de un número especial Mathinées lacaniennes en la colección de "Cahiers de topologie" de la ALI, que presenta conferencias que han tenido lugar en las Mathinées,
  • la publicación en octubre de 2016 el libro de V. Hasenbalg:

"De Pitágoras a Lacan: una historia no oficial de las matemáticas para los psicoanalistas"

publicado por la Editora ERES que retoma las preguntas que han tenido cabida en nuestro trabajo en común, a saber, el trastorno producido en el campo de las matemáticas por Georg Cantor, al que Lacan estuvo singularmente interesado.

Este año, tenemos el placer de iniciar una serie de reuniones en torno a la obra de Marc Darmon « Essais sur la topologie lacanienne", con el autor y con Charles Melman como discutante.

Al inicio del año lectivo 2017-18, las Mathinées lacaniennes abren una antena en Marsella, bajo la responsabilidad de Marie Pierre Bossy, respondiendo al interés de aquellos que quieren unirse localmente a nuestro trabajo trayéndonos nuevas preguntas y propuestas.

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Problemas centrales abordados en el libro de Charles Melman sobre la histeria, texte de Virginia Hasenbalg

Problemas centrales abordados en el libro de Charles Melman sobre la histeria

Virginia Hasenbalg

 

 

El interés del libro de Melman “Nuevos estudios sobre la histeria” reside en el retorno necesario a la teorización sobre dicha estructura teniendo en cuenta la segunda tópica freudiana. Se trata de un proyecto que Freud anunció y que nunca llevó a cabo. Permítanme entonces recordar este punto ya que esta distinción tiene consecuencias directas en la clínica.

 

Segunda tópica

En un primer momento Freud se basa en la idea de que una mujer es histérica porque reprime con exceso sus deseos sexuales. Y concluye en que bastará con ayudarla a asumir ese deseo para que desaparezca el síntoma. Esta teorización comporta la creencia en una tendencia espontánea a la curación, apostando en que el principio del placer ordene la evacuación de las excitaciones molestas.

Este es el principio que rige aún hoy en día las curas que carecen de dirección, o sea aquellas que obedecen a la simple aplicación del encuadre analítico. Uds. Saben que basta con imponer el protocolo analítico para empezar una cura. Y suele suceder que la cura siga esta inercia propiciada por un encuadre.

Sucede, además, que los analistas que rechazan la enseñanza de Lacan tengan poca cuenta del ajuste que ha implicado la introducción de la segunda tópica freudiana.

Creer en la tendencia espontánea a la curación es de una posición tan optimista como engañosa ya que deja creer que es posible prescindir de la dirección de la cura.

Trataremos de situar esta dimensión del engaño en su justo lugar. Hago alusión al protón-pseudos del que habla Freud en el Proyecto y que Melman retoma al final del capítulo sobre el caballero y el traumatismo. « La histérica miente », y para no caer en su trampa hay que conocer las coordenadas estructurales que rigen nuestra práctica.

El analista debe dirigir la cura y esto implica muchas cosas como por ejemplo el análisis del analista, o sea, el análisis de su propia histeria. Por otro lado, es importante que la dimensión de la autoridad no sólo no sea escamoteada sino concebida correctamente.

En 1920 Freud describe entonces su segunda tópica renovando así su manera de concebir el aparato psíquico. Y sobre ella Lacan desarrollará la noción de estructura.

Melman nos recuerda como Freud descubre que « la economía psíquica no se halla en realidad regulada por la tendencia espontánea a la curación a través de la búsqueda del nivel más bajo de excitación sino que busca a reproducir el mismo tipo de tensión a la que está acostumbrada desde la infancia, buscando a reproducir el mismo fracaso que la constituyó originalmente. Freud descubre entonces que el aparato psíquico no se preocupa de la verdad de los hechos sino que busca repetir las mismas tensiones, los mismos fracasos. Hoy diríamos, el mismo goce. Es la tesis que desarrolla en su artículo Más allá del principio del placer.

La represión por su lado deja de ser concebida como un accidente o cosa contingente para pasar a ser la prolongación de la represión originaria que el sujeto encuentra en la lengua en la que se constituye. Represión originaria que introduce un corte, un agujero irremediable. En este contexto, el síntoma deja de ser la expresión de la cobardía o mala voluntad de una persona sino que es la manifestación misma de un sujeto inconsciente. Esta confusión con respecto al funcionamiento del aparato psíquico es patente hoy en día en la práctica de la psicoterapia, o en el discurso médico, o sea, en todo aquél que del inconsciente no quiera saber nada. Se trata en este caso de posiciones que denuncian al síntoma como un disturbio del que habría que prescindir. Esto se ha convertido en el mejor argumento de venta de muchas cosas, y de los antidepresores en especial.

Que el síntoma sea entonces el nudo que ocupa un lugar central en la constitución del sujeto nos ayuda a entender el apego del neurótico para con él, y su resistencia a la curación a pesar de la “comprensión racional” que pueda tener de sus dificultades, ya que el síntoma constituye el núcleo de su singularidad inconsciente.

Si la segunda tópica abre el camino a una conceptualización de la estructura es importante subrayar que su naturaleza es - permítanme esta traducción del neologismo de Lacan que aprecio particularmente - lenguajera.

 

Las leyes del significante

Las leyes del significante hacen y deshacen al ser hablante según sus exigencias, nos dice ya Melman en la introducción. Recordemos que el lenguaje rompe el lazo natural del hombre con las cosas, del hombre con la mujer, del hombre con la naturaleza, del hombre con su propio cuerpo... Este lazo se halla reemplazado por un lazo eminentemente simbólico, el de la palabra. Esto comporta una pérdida, que Lacan evoca en un momento con la placenta, en otro con el prepucio en la circuncisión.

El lazo social se halla así determinado por modalidades discursivas que Lacan llamó los 4 discursos. El sujeto se hallará en ellos descentrado, padeciendo el efecto del significante según el lugar que le ofrezca el discurso.

La cura es un espacio definido por convención en el que el sujeto hará una experiencia harto singular: dejará venir los significantes que lo determinan, se dejará padecer por los significantes que el automatismo de repetición descrito en la segunda tópica hace retornar en vez de reproducirlos ciegamente en acto en la realidad. (Ej. Dick)

 

 

El síntoma histérico se lee

La histeria es así una de las maneras de organizarse de la economía psíquica. Es aquella que ha conducido al descubrimiento del psicoanálisis. Sus manifestaciones enigmáticas han sido descriptas e interpretadas a lo largo de la civilización y hasta el advenimiento de la ciencia, como la expresión de descontento de dioses oscuros. Sus síntomas en su calidad de fenómenos extravagantes y ruidosos, eminentemente teatrales, forman parte del enigma inquietante de la feminidad.

De Charcot a Freud se forja un pasaje en su conceptualización que instaura el nacimiento del psicoanálisis. Si para Charcot la manifestación histérica es objeto visual, para Freud, el síntoma es un mensaje inconsciente a escuchar, un mensaje descifrable, ya que está constituido por un nudo de letras.

Se trata entonces de un mensaje que, como tal, implica un emisor y un receptor, aquél al que se dirige y que puede leerlo. Vean como la noción de mensaje implica la dimensión de discurso de la que hablaba recién.

Subrayemos entonces que el emisor no es otro sino el sujeto del inconsciente, aquél que la histérica no quiere reconocer como tal. Esta noción de sujeto del inconsciente es, sin embargo, fundamental y debe así ser diferenciada de la persona que nos habla ya que se halla más allá de la persona. Hay alguien que nos habla, y más allá de la realidad de la situación hay el lugar de donde proviene lo que nos dice, hay un sentido en lo que nos dice que va mucho más allá de lo que la persona cree que está diciendo. El sujeto del inconsciente es aquél que produce un lapsus, o que fabrica sueños, mientras que la persona es fácilmente situable en aquél que padece un lapsus, o que se enfrenta al enigma de sus propios sueños o que constata la repetición del síntoma.

Que el síntoma como mensaje implique un destinatario nos indica que el nudo de letras se dirige a una instancia a la que se le supone un saber. La transferencia es intrínseca a la estructura histérica y veremos más adelante el papel que juegan las figuras del padre, del amo y del analista en el lugar de receptor del mensaje.

Cierto rigor se impone aquí. Se trata de una salvedad que ya he hecho ante Uds. Y que diré de nuevo. El matiz en la lengua francesa hace que Lacan hable de adresse, o sea, el lugar adonde se dirige el mensaje, como la dirección en el sobre que contiene una carta, o sea, que se trata más bien de un lugar hacia donde se orienta la palabra del sujeto, y no de un domicilio. La palabra dirección da a entender el sentido como orientación de un vector hacia un punto.

Hacer de ese lugar un receptor en la figura del amo, del padre o del analista es ya una interpretación histérica, entre comillas, del dispositivo, ya que la cita al final de la cura con la verdad última de la estructura es que ese lugar está vacío, sin terapeuta a conmover, sin padre a complacer, sin amo a subyugar. ¿A quien se dirige en la transferencia? ¿Hacia donde se dirige un discurso? Serían los dos matices que podríamos diferenciar.

Si les digo que la histeria es una manera de subjetivarse, de situarse en el discurso y en la palabra lo hago haciendo hincapié en este trabajo sobre los puntos centrales del libro de Melman en la dimensión de la discursividad sin la cual pasaríamos por fuera de los ejes indispensables para comprender lo que es una estructura psíquica. Para ello es necesario entender lo que es un discurso, así como sus componentes.

 

La falta está inscrita en la palabra y tiene consecuencias.

Hay una manera histérica de hablar, de dirigirse al Otro, de hacer síntoma. Hay una manera histérica de interpretar la estructura, de interpretar y de defenderse de los efectos de las leyes de la palabra.

Veamos primero lo que las leyes de la palabra ordenan e imponen.

El concepto de « falta en el Otro » es la simbolización que agrega Lacan a la descripción de la castración de la madre por Freud. El niño no necesita percibir la anatomía de la madre para confrontarse con la falta en el gran Otro. La percibe en la palabra de la madre. O no. Con los efectos nefastos que ello produce.

El acceso a la castración se halla ordenado en el niño por aquello que es contemporáneo al desarrollo de su inteligencia: las palabras se refieren a otra cosa que aquello que ellas significan. Que se dice otra cosa que lo que se cree. Un referente oculto, o sea, la desaparición de algo que no está presente en la escena del mundo viene así a recortarse y reunirse con lo que podemos reconocer como sexual, escondido, disimulado. El sexo y el referente de lo que se escucha son de esta manera la misma cosa (RO) y responden, se superponen a lo que une y separa, une separando a la pareja. Este referente excluido se halla representado por el cuerpo femenino, vestido, y por el sexo masculino, encubierto. (“Velar”). La calidad de los intercambios en la palabra que rodean al niño y su facultad de escuchar de otra manera y mejor le permiten entonces de asimilar esta instancia. Por un proceso de desciframiento. La niña se siente aquí asegurada en la promesa que comporta la maternidad (salvo en los casos en los que la madre ha castrado a la niña en su feminidad). Mientras que el varón, por la mediocridad de lo que tiene para ofrecer y por lo que ha tenido que renunciar, se sentirá deprimido.

Esta instalación del proceso de la castración es la única capaz de asegurarle al ser hablante una satisfacción posible. Hay ejemplos que verifican esto: los niños educados por padres de edad tendrán a la muerte y no al sexo como referente fálico, de allí que lo real tome un aspecto amenazador. Si el niño es mantenido lejos de los intercambios de palabra entre los padres, la incompletud percibida será interpretada en el registro de la carencia, del defecto – y se prestará poco o mal a una simbolización sexual. Lo que el símbolo viene así a agujerear en lo real no da abrigo al goce sino que viene a ser interpretado desde el punto de vista de la privación o frustración.

En nuestra cultura el agujero de la falta en el Otro es originariamente producido por la caída de una letra, del objeto a, y se halla « colonizado » por el falo gracias a la operación del Nombre del padre. Lo que llamamos castración y que permite acceder a las consecuencias de esta operación. Castración que el neurótico evita.

Gracias a esta operación, y a la naturaleza de ese refoulement, las leyes de la palabra instauran una simbolización de la diferencia de los sexos (núcleo de la resistencia descrito ya por Freud). Con Lacan diríamos que, en la relación de la palabra con los otros, hay una alteridad asumir ya sea en una posición femenina o masculina. La alteridad en el discurso es la condición para que un sujeto pueda asumir su deseo, que es por esencia sexual.

El lazo de complicidad propio a la histeria colectiva es manera de defenderse de esta alteridad.

Giramos en torno entonces de la necesidad de situar que nada puede sostenerse en una posición subjetiva que no pase por el canal de la palabra y que esto implica una pérdida radical y fundadora que podríamos denominar como la pérdida para siempre de una relación natural al objeto de satisfacción. No se trata en realidad de una pérdida, ya que nunca existió esa relación natural. El seminario de la Relación de objeto de Lacan, que ya hemos trabajado juntos, está dedicado a este punto: se trata más bien de la relación a la falta. Mantengan presente como Lacan desplegó las operaciones de privación, frustración y castración.

La satisfacción entonces para un sujeto pasa por la asunción de esta dimensión de la falta que es condición para asumir una posición discursiva que tenga en cuenta la alteridad en el discurso. Es la palabra misma la que nos obliga a someternos a una dialéctica de alienación y de separación en la relación con los otros y a sostener un “semblant” en el que la verdad como tal no puede sino que decirse a medias.

 

Para la histérica la falta en el Otro es un defecto en el mundo

Hay una cuestión compleja y difícil en el trabajo acerca de la histeria y la feminidad y que tiene que ver la asimetría del efecto del Nombre del padre.

Ella se enoja cuando ve frustrada su ambición de una relación transparente al otro, a las cosas y al saber. O sea, todo lo que le recuerda la radical incompletud que dicta el sistema simbólico, organizado alrededor de la referencia escondida.  

Para la histérica los límites impuestos por el lenguaje, o sea, las consecuencias de la operación del Nombre del padre son inadmisibles. Esta le hace suponer que el mundo está mal hecho. Y no solamente está mal hecho sino que, además, es una ofensa al padre que así lo sea. Su sintomatología y su estrategia será el intento de remediar a un mundo tan mal hecho. Pero para entender su intento de reparación es necesario apoyarnos sobre algunos matemas indispensables, los que componen los discursos.

S1-S2

La palabra en acto exige la separación de los 4 elementos necesarios que hacen al discurso. El S1 o significante amo, o fálico, es el significante de la autoridad, el que sostiene la función de la autoridad. Un hombre puede defenderse de sus imposiciones, en la neurosis. Pero la función de un análisis es la de llevarlo a asumirlo este S1, lo que la lengua designa como dejar de ser un pollerudo para convertirse en el que lleva los pantalones. Ese S1 el que lleva a un hombre a dirigirse a una mujer como objeto de deseo. Es el significante que decide, que impone, que elige, y que obliga a un hombre a asumir su virilidad. Se halla vectorizado por el falo originariamente reprimido. Ausente en el mundo de representaciones es el referente que vectoriza la cadena de significantes, orientando la lógica simbólica de aquel que habla. Es el significante que representa a un sujeto para otro significante, S2.

S2 designa al otro significante, al que S1 se dirige. Designa el lugar del Otro.

El espacio que separa al significante que representa al sujeto, del otro significante para el cual el sujeto está representado, el espacio entre S1 y S2 es de una importancia capital para entender las leyes de la palabra y las dificultades propias a la histeria, y al funcionamiento psíquico en general.

Es en ese espacio, que es un espacio topológico, que el objeto a que cae, y que es producido el Sujeto dividido, el sujeto que resulta de la representación de S1 para S2.

El matema del discurso del amo ilustra como opera la palabra: un sujeto se halla representado por un significante para otro significante. El sujeto no es más, ni menos que eso: el sujeto aparec, se produce en ese espacio entre dos significantes. La brusca aparición de un lapsus representará esta aparición del sujeto del inconsciente en un significante para otro significante. Un espacio como una hendidura se abre. El paciente puede retomar su lapsus. A veces el analista es tan solo el testigo mudo de esa fulgurancia, de la breve y efectiva aparición del sujeto del inconsciente. En ese espacio opera la falta en el Otro, a situar en S2 y que da pié y posibilidad al surgimiento de significantes que se van encadenando uno detrás del otro. Si la madre no tiene agujero, si ella elude esa dimensión de falta en el otro, si ella se presenta como un todo sin falla, el niño se hallará en dificultad. Recuerden lo que dice Lacan en los 4 conceptos, cuando habla del niño alienado (¡cómo se debe!) en la palabra de la madre, el primer gran Otro real. La dialéctica de separación se producirá en el momento en el que el niño percibirá ese espacio entre dos significantes, espacio que se abre para él como un respiro, como un hueco, como un alivio, en el que podrá en fin preguntarse: Ella me dice todo eso, pero en realidad ¿qué es lo que ella quiere?

Las leyes de la palabra son también las mismas que hacen que para hablarles hoy me vea obligada a dirigirme a Uds. actualizando mis interrogaciones. Quiero decir que tendría la elección entre sacar una vieja ponencia de mi computadora y leérselas, o retomar como lo estoy haciendo mis preguntas pensando en Uds. y en el camino que ya recorrimos juntos. Si retomara una vieja ponencia mi palabra no sería palabra, porque no habría enunciación, en el sentido de la presencia de mi deseo en el acto de hablar en la medida en que se actualiza ante la singularidad del interlocutor, sino repetición de algo que se destinó a otro. Habría entonces negación de la presencia real de ustedes como auditorio: no habría reconocimiento del Otro en el otro para orientar mis decires. No habría tampoco presencia de mi deseo en el acto de hablar porque estaría proponiendo algo suscitado por otro lugar. Esto quiere decir que a través de mi palabra, en esta circunstancia, en el lugar de S1, ustedes deciden si en lo que digo hay cierta autoridad o no.

El pacto comporta necesariamente los dos lugares. La autoridad de S1 no vale sin el aval que le viene de S2. Habrá discurso si lo que nos reúne es del orden del pacto simbólico. Cuando el auditor determina que hay palabra si la escucha es posible.

Me sorprenden los eventos en los que sólo va la gente que tiene una ponencia a hacer, como si el lugar de S2 fuera poco noble. En la Asociación las jornadas de trabajo como encuentros de reflexión sobre tal o cual punto de la teoría son experiencias de este pacto de la palabra, ya que no es necesario ir con una ponencia para estar « presente » sino que cada uno va con su manera de estar tomado por el tema, que participe en el debate o no.

 

La histérica es justamente la que de ese pacto no quiere saber nada ya que para ella la autoridad temporizada por la castración es catalogada de pusilánime. La castración simbólica que se apoya en la referencia al falo como significante en lo real, o sea, ausente en el mundo de la representación, no la convence. Por eso su dispositivo apela a un falo real.

Este mundo sometido a los límites que impone el lenguaje le resulta poco consistente, sus figuras no son lo suficientemente contundentes, y por lo tanto ofenden al Creador. Casi debería decir a « su » creador, el que ella se inventa y que se diferencia de la instancia que da origen al nombre del padre. De la insatisfacción a mínima, o sea, del duelo a pequeñas dosis que la falta simbólica nos recomienda, ella no quiere saber nada. Pero rechazando las dosis homeopáticas de la falta que hacen a nuestra humanidad, ella se condena a consagrar la insatisfacción como regla.

Y su insatisfacción suscita la queja. Es práctica de todos los días que la histérica se queje. No dejará de dar argumentos reales a su queja. Su padre o su madre no la han amado como se debe. Nada nos impide de reconocer que su queja sea legítima o se apoye sobre hechos reales o verdaderos. Ser padre o madre son funciones que se asumen con mayor o menor dificultad. Hay padres y madres más o menos neuróticos o golpeados por el destino si quieren. Y después de todo el atravesamiento del Edipo depende en parte del entorno del niño.

Pero si prestamos atención, la queja como discurso va mucho más allá de lo que su apariencia inocente pareciera designar. Y el analista, en la dimensión actual del discurso que emite ese sujeto, va a ser colocado en un lugar que no debe desconocer. Aquí se ve la apuesta del deseo del analista, cuando reconoce a quién ella se está dirigiendo, corriéndose así del lugar en el que la histérica lo convoca.

La queja es comúnmente una acusación y pondrá fácilmente al analista en el lugar por ejemplo del juez que habrá de fallar en su favor. O en el lugar del cómplice que debe acoger su reclamo con una adhesión tan absoluta como inmediata. O en el lugar de una figura especular necesariamente conmovida ante el heroísmo del paciente a enfrentar tanto dolor. Aquí se entiende el porqué del protocolo analítico cuando se funda en la regla de la abstinencia, o sea, en la no-respuesta a la demanda.

Por eso es necesario constantemente correrse del lugar de la transferencia para identificar a quien se dirige el paciente y que es lo que busca a suscitar en el Otro. Y si la histérica está en análisis es para que, más allá de los subterfugios de la transferencia imaginaria, podamos facilitarle el acceso a tres o cuatro verdades de su estructura.

Se trata de la estrategia inconsciente de la histeria. Son las marcas indelebles de la neurosis infantil que se actualizan cada vez que el sujeto habla. Y con más razón o evidencia cuando se dirige a un analista.

 

 

La histérica y el padre

 

El Nombre del padre entonces rige el acceso a la sexualidad para los dos sexos, introduciendo una disimetría fundamental entre ellos, una alteridad indispensable en la palabra, condición para que el deseo dé acceso al goce sexual.

El padre simbólico reconoce simbólicamente al varón, acordándole un lugar en la filiación, al precio de una castración avalada que hace de él un representante de lo simbólico, confortable en el manejo del concepto. Es el elegido si paga el precio de la castración. La prescripción para la muchacha, más allá de la que comparte con el varón de tener que renunciar a la madre, no es simétrica ya que ella debe, para hacer que lo real sea apto al goce sexual, representar este real en tanto objeto del deseo de su compañero. Es la problemática del objeto a en su relación con la feminidad- es la cuestión del S2 como significante integrante del pacto simbólico.

Una manera de evaluar el grado de civilización de una cultura dada pasa por el lugar que se les da a las mujeres.

Sabemos como analistas que este “lugar de las mujeres”, lugar de escucha de lo que puede decir una mujer en cuanto la estructura la sitúa en el lugar del Otro, lugar que está emparentado con lo real. Dicho de otra manera, la castración confirma al varón en un logos, en una relación a lo simbólico autorizada plenamente. La posición femenina resulta de la aceptación, no siempre fácil para una mujer, de tener que correrse, de aceptar este desplazamiento hacia este domicilio que es el lugar del Otro, y a partir del cual lo que ella diga podrá tener un matiz inquietante, ya que comporta la inevitable asunción de la alteridad sexual. En este sentido una mujer representa un real.

Por otro lado, y anudado dialécticamente a lo que antecede, sabemos que mujer y hombre son significantes, ni más ni menos que significantes, o sea, aquello de lo que somos el efecto, es decir, nada que pueda ser atrapado, y que en última instancia, esta inaccesibilidad es lo que produce este real del cual una mujer, sólo será representante. Puede no consentir y preferir “hacer el hombre”. Es el caso de la histeria.

 

 

La operación del Nombre del Padre tendrá entonces como efecto que lo simbólico y lo real se hallen representados según una distribución en un lado hombre y un lado mujer.

Esta función de representación es esencial para comprender la dificultad de la histérica. Es al semblante que ella se sustrae ya que lo halla no suficientemente verdadero.

 

Pero no hay otra salida si quiere realmente salir del apuro, que la de consentir al semblante que dispone el Nombre del Padre, y que condena la relación entre los sexos a la discursividad y al semblante como condición indispensable de un pacto. Este pacto es tácito ya que los que se consagran a representarlo, no pueden no experimentar el semblante de la función que les es prescrita. Este pacto que muestra el camino de acceso al goce sexual no puede tener lugar sin el consentimiento recíproco a ciertos imperativos que son la condición para una pacificación posible y verdadera de la insaciable histérica, de su empecinamiento en la insatisfacción, de sus reclamos sin límite.

Los dos lugares, que en la estructura sostienen las posiciones masculina y femenina representan los registros de lo real y de lo simbólico: a la autoridad del S1 responde un saber S2 sobre el goce.

El Otro, otro significante en el lugar del Otro, será S2 del cual una mujer será la delegada titular. A partir de esta domiciliación en el lugar del Otro, S2 podrá confirmar la autoridad de S1, fundamento del pacto.

Este pacto que la histérica rechaza, porque ella rechaza el semblante, comporta dos labios, los dos bordes de la hendidura propia a la palabra. Y es en S2, en tanto lugar de interrogación sobre el lazo entre saber y goce, que una mujer podrá tomar lugar. De esta manera, una mujer va a « co-locarse », aceptar la mascarada, haciendo el duelo de aquello que podría reconocerla simbólicamente como mujer, en la dependencia al S1 que le viene de un compañero. No hay La mujer, a no ser la mujer de, donde consintiendo a entrar en un mercado de intercambios, es invitada a dejar caer su patronímico para inscribirse en el linaje de él.

No hay rapport sexual porque estamos desnaturalizados por la palabra, el significante solo se encadena con otro significante, no hay adecuación al objeto que él designa. La equivocidad se halla en el meollo de nuestra relación con el lenguaje y con nuestra práctica. Para un analista no hay otra hegemonía que la hegemonía del significante.